Reencuentro

Por: Victoria Freire

En el desierto de tu mente no hay cactus, ni bichos, ni colores. En tu desierto gris, sin gamas ni olores, solo hay arena estancada.

Arena aburrida y a veces contradictoria, que no acepta ni cambios, ni correcciones.

Arena violenta y cerrada que no te deja decir nada y es tonto, porque si la arena no fuese tan agresiva, tal vez y habría unos cuantos colores.

En el desierto de tu mente todo debe tener sentido y a lo sin sentido lo entierras como a cualquier desecho orgánico –lo malo de esto, es que, en mi mente de jungla, nada tiene sentido.

En mi mente con monos rosas y naranjas y árboles dorados, todo o está al revés o está truqueado y tu desierto aturdido de tanta vida, le tacha a mi jungla, le echa arena y burlas grotescas y me dices bruja o me dices loca, me dices infantil y adolescente y ridícula y poco realista y lo triste es que, en tu mente, todos esos son insultos.

En tu desierto que solo ve noticias y con suerte el fut, todo está roto y descosido y si te digo que al mundo tranquilamente hay cómo remendarle con unas cuantas puntadas subversivas y en zigzag, te fastidias y te vas – y te vas y te escondes entre rocas gigantes, te refugias en tu arena sin color y calientita y mi pobre jungla triste de tus desaprobaciones y tus miedos, te va a buscar entre dunas y tormentas.

Y buscando y buscando, entre huecos y estancados, hay uno que otro escarabajo atolondrado. Y buscando y buscando entre bichos y grises claros, hay una que otra gota de color que forma un camino y siguiendo el camino, bien metido entre palmeras y algarrobos hay un oasis uva sin sentido ni coherencia. Y sentado en el agua hay un niño todo triste y decaído porque dice que toda la vida, los desiertos de otras mentes le pasaron tirando rocas a su mente de oasis. Y el pobre niño feliz condenado al sufrimiento, en un mundo de desiertos sin colores, se encerró en arenas hostiles y en un cuerpo viejo y apagado.

Dejando de lado las mentes, jungla y oasis, las tormentas y los monos, mis ojos y tus ojos se ven desnudos y asustados y dejando de lado los cuerpos escandalosos y apagados, tu niño y mi niña se abrazan y se ríen y se cuentan cuentos de dioses y acantilados.

Y detrás de tremenda escena, ya en el mundo real, sin figuras, ni dramatismos, unos nos ven y nos ven borroso. Otros nos ven y ven un señor y una chica comiendo tartaletas y llorando felices, pero otros, con mentes de mares y páramos, ven dos niños reencontrados jugando al papá y a la hija.